Los satélites moribundos alteran la química de nuestra atmósfera
Miles de naves espaciales se desintegran en el cielo y dejan tras de sí un rastro de polvo metálico que jamás había existido en la naturaleza.
Cuando un satélite llega al final de su vida útil, se programa para zambullirse en la atmósfera y desintegrarse. Aunque esto evita que la basura espacial sature nuestra órbita, genera una nueva huella química a unos 75 kilómetros de altura. A esta altitud, el calor intenso de la reentrada vaporiza el aluminio y otros compuestos exóticos. El resultado es una fina neblina metálica.